Es la hora justa, el clima es ideal, el tiempo pasa pero ya estamos listos para dar a flote a ese lado izquierdo del cerebro que nunca utilizamos porque no queremos morirnos sin que el mundo se entere que estamos aprendiendo a nadar en un océano colmado de tiburones.
¡Que se vayan…! Aquellos caníbales que me persiguen día tras día, minuto a minuto. Los que me obligan a sentir, a entrar en una pileta de sangre, asesinos inmortales navegando en lo más íntimo del corazón de sus víctimas.
¡Qué griten…! Los que no se vean en el espejo, los que se despiertan llorando, los que viven en una tragedia rutinaria en donde el menos cuerdo sobrevive y se envuelve en los recuerdos de la locura buscada pero jamás encontrada.
¡Qué sueñen…! A los que dedican sus vidas a lamentarse, que salgan de ese caudal perdido de angustia y dolor porque todos y cada uno de nosotros tenemos derecho a creer en nuestros sueños.

Me quedo tranquilo que la mutación es renovable y perdurará para siempre en nuestras almas y en la de cualquiera que conserve por siempre el mismo objetivo.