Mutar es como comerse una torta de chocolate con dulce de leche en el medio: uno empieza por aceptar a duras penas la consistencia pastosa de ese chocolate interminable hasta que una explosión desconcertante se produce al llegar al dulce de leche. Cuando uno empieza a mutar no entiende mucho de qué se trata ese estado superior de la mente y el cuerpo, pero basta toparse con un mutador de los buenos para hallar el sentido, el rumbo verdadero de la vida.
Otra comparación pertinente es la que voy a establecer entre la mutación y un topo con cola de pavorreal. Imaginate un topo tratando de entrar a la cueva en la que ha vivido toda su vida, pero ahora con una cola de pavorreal insertada en sus partes anteriores. Dale, imaginatelo, imaginatelo ahora. Listo. Mutar es como que un topo quiera entrar con su cola de pavorreal a su cuevita calentita.
Sí, somos unos topos.


p.d: odiamos a los pavorreales